martes, 13 de febrero de 2018

Un relato de Gonzalo Fernández y Lars W Jacobson

Gonzalo Fernández y Lars W Jacobson, muy buenos amigos  y excelentes escritores, son los autores de este magnífico relato. Lo dejo aquí para los que deseéis leerlo y disfrutarlo.

Lo presentan al PRIMER PREMIO INTERNACIONAL DE RELATO CORTO SOBRE EL OLIVAR, EL ACEITE DE OLIVA Y EL OLEOTURISMO.

Este es el enlace a la entidad organizadora:

http://www.oleoturismia.com/concurso-de-relatos-sobre-el-oleoturismo-y-olivar/

En mi opinión, podría ser la base para una gran novela histórica.

Aquí está el relato completo:



REGRESO AL OLIVAR


Pertenezco a una tierra esculpida por el sol y por los versos del poeta: Jaén. En el horizonte, la tierra que me acunó al nacer. Millones de olivos se extienden ante mis ojos, miles de hectáreas trabajadas por jornaleros andaluces, con sus miles de historias y de vidas ensortijadas, enmarañadas como el tronco retorcido del olivo, anárquicas como la hojarasca que pinta de color mi tierra andaluza; tan llena de vida, tan fecunda como ninguna; mi tierra andaluza querida. Mi historia es como la de tantos. Hijo de jornalero, El Pascual. Él me transmitió con sus genes el amor por la tierra, la pasión por la vida. Me mostró la manera de mirar de frente, a los ojos; a sentir el olivar como una continuación de nosotros mismos. Hoy todavía recuerdo al Pascual, lo esperaba sentado con Madre en el banquito que había a la entrada de nuestra casita blanca, cuando la luz se ocultaba acariciando la tierra; llegaba con su gorra de plato, su camisa desabotonada con el pecho descubierto curtido por el sol acompasando el monótono canto de la cigarra; sobre todo recuerdo sus ojos verdes, verdes como dos aceitunas y aquellas manos curtidas que trabajaban casi de sol a sol, porque en casa teníamos la mala costumbre de comer y el Pascual se dejaba el alma arañando la tierra para que, al menos, hubiera algo que echarse a la boca. A veces sacaba de su bolsillo el bendito fruto del olivar y me hacía pronunciar y discernir las distintas variedades de aceituna; hojiblanca, carrasqueña o aloreña, entre tantas otras. Pero la lección más importante que me dio el Pascual fue a no bajar la mirada ante nadie, ni tan siquiera ante los ojos inquisidores del patrón y a meterme en la cabeza verdades sagradas, como que la tierra es de quien la trabaja, que, aunque El Pascual no creía en Dios, sagrada es. Hoy leo los versos de Miguel Hernández y me parece que El Pascual habla a través de aquellos versos, el poeta que dio voz a los que nunca la habían tenido.

                    «Andaluces de Jaén,
                        aceituneros altivos,
                        decidme en el alma: ¿quién,
                        quién levantó los olivos?
                        No los levantó la nada,
                        ni el dinero, ni el señor,
                        sino la tierra callada,
                        el trabajo y el sudor…
»




El último recuerdo que tengo del Pascual es alejándose entre dos guardias civiles, con Madre llorando a mí lado. Nunca lo volvimos a ver ni vivo ni muerto. Con el tiempo supimos que sus huesos descansan en una cuneta cerca, muy cerca, de los olivos a los que tanto amó. El cabo de la guardia civil, el que se lo llevó, se presentó en casa de Madre borracho, oliendo a anisete barato para decirnos que El Pascual murió por anarquista y por España, que gritó como el cerdo que era. Yo no entendía cómo mi padre podía morir por España, si tan solo se preocupaba por la tierra; por el fruto que daba lo que nos daba la vida, lo que nos llenaba la barriga. Con los años comprendí que el Pascual tenía esa voz interior que vuelve a los hombres en leyenda o en locos, esa voz que te indica la diferencia entre el bien y el mal, esa voz que no te deja en paz; Padre se convirtió en alguien incómodo para el patrón, para el alcalde, el médico, el cura y el veterinario.

Madre y yo nos alejamos de aquella tierra, del olivar que nos daba de comer, sin que lo supiera el patrón, el dueño de nuestra casita blanca, desterrados del paraíso. Nos fuimos alejando entre los retorcidos olivos, cargando con la fuerza de Madre las cuatro cosas que cabían en aquel hatillo: la poca ropa que teníamos, algo de viandas y recuerdos de su vida con El Pascual. La suerte ha hecho que conserve aquella foto en blanco y negro a la que madre se aferró para seguir adelante, ahora esta cuarteada y amarilla por el paso del tiempo, que jóvenes eran, dos chiquillos que no sabían nada, que no conocían lo que la vida les iba a deparar, con aquella belleza tan racial, tan inocente, que les daba el trabajo duro bajo la vertical del sol. Ellos no han envejecido, siguen en mi memoria como en aquella foto, jóvenes y felices como debió haber sido.

Caminamos de noche, en silencio, por senderos entre las sombras de los olivos que Madre parecía conocer bien. De cuando en cuando nos parábamos y ella oteaba los alrededores, escudriñando entre las sombras y agudizando el oído. La noche era fría y el único ruido era el que hacían mis tripas vacías, tenía hambre, no habíamos cenado, pero yo no me quejaba, sabía que si Madre no me había dado de cenar era porque algo grave sucedía, algo más grave incluso que la muerte de Padre, porque aquella noche ella no cenó, pero a mí me preparó pan con aceite y azúcar, y unas aceitunas negras.  Luego supe que era tan grave que tuvimos que salir de prisa y corriendo antes de que el cabo de la guardia civil nos viniese a visitar para aliviar a Madre de su soledad.

Caminamos durante un tiempo, que a mí se me hizo eterno, quizás más por la oscuridad y el frio de la noche que por el camino recorrido, hasta que de entre las sombras de unos arbustos rugió una voz: “Alto en nombre de la Republica, ¿quién va?”. Antes de contestar, Madre me miró y, a pesar de la oscuridad, pude sentir su sonrisa de esperanza. “Una madre republicana y su hijo, huimos de Porcuna, donde han fusilado a mi marido”. Un hombre con un fusil y un pañuelo rojo y negro al cuello salió de entre los arbustos a nuestro encuentro. Nos dijo que estábamos en el frente de Martos.

Nos apresuró para que nos escondiéramos detrás de unas rocas que se ocultaban tras los arbustos y nos pidió que nos esperáramos al cambio de guardia que sería en una hora, y el mismo nos acompañaría al pueblo, al centro de asistencia mutua. Madre le dio las gracias en voz baja, nos sentamos y, entonces sí, Madre sacó del hatillo una hogaza de pan que le había traído tía Margarita aquella tarde cuando las dos lloraron mientras se abrazaban en silencio. Al marchar, tía Margarita me cogió la cara con las dos manos, me miró a los ojos y sin decir nada me dio dos besos en las mejillas, yo creía que aquellos lloros eran por la tristeza de la muerte de Padre, pero ahora comprendo que era una despedida. Con la navaja cortó un trozo de aquel pan moreno y me lo dio, junto con un puñado de almendras secas. «Come hijo, que ahora ya estamos a salvo» —me animó, abrazándome por el hombro y depositando un beso sobre mí cabeza, ella también comió algo. Cuando hube terminado el mendrugo y las almendras me acurruqué a su lado, sentí el calor de su abrazo. Me dormí, hasta que me despertó diciéndome «despierta, hijo, que ya nos vamos»«¿a dónde?»pregunté al despertar desorientado del sueño profundo en que estaba sumido. «Vamos con el compañero, al pueblo, con gente de la nuestra». Volvimos a caminar siguiendo al miliciano, pero esta vez se hizo corto el camino, quizás porque mis tripas ya no rugían, quizás porque sentía a Madre más alegre, caminaba con decisión y la cabeza alta.

El miliciano nos acompañó a una casa grande donde una mujer, que nos dijo que se llamaba María, de la edad de mi madre, y también con un pañuelo rojo y negro al cuello, nos recibió y nos asignó un cuarto en el piso de arriba. Allí, tumbada en una cama había otra mujer, que se levantó a saludarnos y nos preguntó de dónde veníamos. Madre la puso al corriente de lo que había sucedido en los últimos días. Aquella mujer, que hablaba raro, como si fuese un poco gangosa, nos dijo que se llamaba Juliette y que había venido de Francia para luchar por la libertad. Madre volvía a sonreír, aquella noche también soñé que Padre me abrazaba, me daba dos besos y se iba sonriéndome. «Sé valiente, hijo» —me rogó antes de volver a irse entre la niebla de la madrugada.

A la mañana siguiente supe que estábamos en una casa donde estaban las mujeres que habían llegado de los pueblos del alrededor huyendo de los fascistas, esos debían ser los malos que se habían llevado a Padre. Eran todas viudas y con hijos, excepto Juliette y María, que eran las que se encargaban de la organización en aquella casa. Enseguida hice amistad con los otros ocho niños que vivían allí. Mi madre le dijo a Juliette «quiero luchar contra los fascistas». Después de desayunar, a los niños nos llevaron a una sala grande con cortinas y muebles bonitos, «esta era la biblioteca de los señoritos, pero ahora es nuestra, hemos colectivizado el cortijo entero» —Me informó, Jesulín, el que sería mi amigo inseparable durante el tiempo que estuvimos en Martos. Ahora era la escuela, donde Pilar, la madre de mi nuevo amigo nos daba clase por la mañana y por la tarde. Ella era maestra en Lopera antes de que los fascistas conquistaran el pueblo — según me informó mi amigo.
Al medio día, a la hora de comer, Madre apareció con un fusil en la mano y también llevaba el pañuelo rojo y negro al cuello, como todos los mayores.

Después de la escuela jugamos, al pilla pilla, al escondite y a la guerra. Sí, también jugábamos a la guerra sin ser bien conscientes de que era una realidad en el frente, a pocos kilómetros donde nosotros vivíamos. Habíamos asimilado los disparos de fusil y de algún cañonazo como algo habitual. Así pasamos los meses y la última Navidad. Luego vinieron soldados bien vestidos y oficiales del ejército con sus galones y sus estrellas, decían que era el ejército regular. Los mayores decían que les querían hacer quitar el pañuelo rojo y negro y que tendrían que vestirse de caqui, que se había terminado la libertad, que venían los comunistas.

Un día después de la noche de los regalos, los cañonazos y los disparos se oían más cerca e incluso algún día nos obligaron a desalojar la escuela y refugiarnos en la bodega. Un día escuche a Madre decirle a Juliette «esto está muy mal, prométeme que, si un día caigo, te encargaras de mi hijo»«te lo prometo», le respondió Juliette y se abrazaron. Yo sentí miedo, miedo por Madre, miedo por mí. Aquel día cuando Madre se despidió de mí para ir a las trincheras, me abracé a ella en silencio y las lágrimas salieron silenciosas de mis ojos, pero no deje que ella las viera. Desde ese día, cada mañana me despedía de madre entre besos y abrazos con el estómago encogido. Ya había entendido que la guerra no era un juego, que la guerra mataba a los padres y a las madres. Ya nunca volví a jugar a la guerra.

Un día Juliette vino a buscarme a la escuela, supe que algo malo había sucedido. Me llevó al hospital que había en el Ayuntamiento, en una cama estaba mi madre. Me abrace a ella y sentí como sus brazos sin fuerza me abrazaban, la bese en la cara y vi sus lágrimas derramarse mientras me decía hablando muy despacio, y descansando entre cada palabra, «hijo mío, tengo que irme con tu padre, recuerda siempre que te quiero mucho, que eres lo más importante de mi vida. Tendrás que ser muy fuerte. Juliette cuidará de ti, sé un buen chico y obedécela en todo, y… no me olvides nunca». Sus brazos se aflojaron y su respiración entrecortada se paró, yo lloré y grité «¡Madre, no me dejes, llévame contigo!».  Juliette me abrazó y me apartó de la cama. Una enfermera vino y cubrió la cara de Madre con la sábana blanca.

Unos días después de que Madre se fuese con Padre, nos subieron en camiones a los niños y el resto de madres. La mía ahora era Juliette, que me abrazaba y me daba besos como hacía Madre. Dijeron que Martos estaba a punto de caer y que nos evacuaban a la retaguardia. Aquel viaje no se acababa nunca, a veces nos parábamos unos días en algún pueblo. A veces eran pueblos mucho más grandes que Porcuna o Martos, pero había muchos edificios destruidos, el nombre algunos los habíamos estudiado en la escuela con Pilar. La maestra y madre de mi amigo Jesulín nos iba diciendo en qué provincia estábamos: Albacete, Valencia, Castellón, Tarragona. Siempre era lo mismo, llegábamos a un pueblo, parábamos unos días y volvíamos a subir a los camiones y de nuevo viajábamos. Ya no teníamos escuela, ya no jugábamos. Hasta que llegamos a Barcelona, era muy grande, pero había muchos edificios destruidos y los aviones venían a menudo y descargaban muchas bombas, antes de que llegaran sonaban las sirenas y nosotros corríamos al refugio, que no era una bodega sino un túnel bajo tierra por donde pasaba un tren.

Un día Juliette me dijo «Ahora eres francés, te conseguí papeles. Nos vamos a marchar a Francia, a mi casa. Tendrás que aprender francés». Empezó a decirme cómo se llamaban las cosas en francés. Me hablaba en castellano y luego me lo repetía en aquel extraño idioma que parecía que hablaba gangoso.

Una mañana nos despedimos de nuestros amigos y de sus madres, nos subimos a un camión donde nos apretujábamos hombres, mujeres y niños, todos con cara triste, nadie reía, y de cuando en cuando alguien preguntaba si faltaba mucho para llegar a la frontera.

Sucedió sin más. Nadie espera la muerte. Fue como si un silbido lejano se fuera acercando poco a poco. Aquel proyectil impactó en el camión. Cuando abrí los ojos todo estaba en llamas. Juliette yacía muerta, su cuerpo ensangrentado carecía de todo signo de vida, la expresión de sus ojos era fría, estaban desposeídos de la alegría, de la chispa vital que había conocido. El sueño de Juliette, mi esperanza de cruzar a Francia se evaporó sin más. Solo, comencé a vagar sin rumbo siguiendo la tristeza de la gente que caminaba con la cabeza gacha, perdida la esperanza, en una marcha que parecía no tener fin. No buscaba a nadie, no iba con nadie tan solo caminaba hasta que me encontré con Eduardo.

Eduardo era un desertor, tal vez un cobarde. Ante todo era un soldado que sabía que la guerra estaba perdida. Los dos huíamos sin esperanza, buscando un lugar en el mundo. Necesitábamos alejarnos de las bombas, de las ráfagas mortales que asolaban los campos españoles. España estaba yerma igual que los corazones de los hombres. El repliegue, la retirada hacia la frontera francesa fue un camino tortuoso repleto de obstáculos. Eduardo trataba de sacarme alguna sonrisa de vez en cuando a base de hacer tonterías, pero yo me había encerrado en mi mente, en un shock perpetuo del que solo salía para satisfacer las necesidades básicas. En mi interior, mi razón todavía estaba con El Pascual y Madre en nuestra casita de paredes blancas.



Cuando llegamos a la frontera francesa los republicanos que huían se agolpaban en ella con sus papeles en la mano para poder atravesarla buscando un refugio del que escapar de las hordas nacionales del General Franco. A mí no me hicieron falta papeles para cruzar la frontera, los que me había conseguido Juliette quedaron en su saco, junto a su cuerpo inerte en la cuneta. Supongo que la estampa de un niño desnutrido, pellejo y hueso, carente de lo más fundamental, con la ropa hecha girones, era suficiente para que los gendarmes franceses me dejaran pasar. Eché un vistazo hacia España, hacia Eduardo, me dijo adiós con la mano, los dos sabíamos que era la última vez que nos veríamos, me faltó decirle gracias, decirle que lo quería   y que jamás lo olvidaría, pero lo olvide, olvidé todo, necesitaba olvidarlo para sobrevivir, la pena rondaba y no eran tiempos para guardar afecto por nada, por nadie. Eduardo decidió no cruzar la frontera, todavía desconozco la razón, sólo me queda su imagen, su figura serena de puños cerrados. Caí, todavía más, en un letargo que me ayudó a sobrellevar el cautiverio en aquel campo de refugiados. Un campo donde no había olivos solo arena, mar y mucha pena.

Pasaron semanas hasta que el señor Dupont se paró a mis pies. El señor Dupont era un hombre amable, risueño. Lo había visto observándome en la distancia, siempre repartía golosinas a los más pequeños del campo de refugiados o les reñía a los guardias por el trato que dispensaban a los niños, pero aquel día se paró delante de mí, me dio la mano y juntos cruzamos la puerta del campo de refugiados sin que los gendarmes hicieran nada por detenerme.

Me llevó a su casa, una gran casa con jardín. En la misma puerta nos recibió la mujer del señor Dupont, nada más verme se echó a llorar, en un llanto difícil de contener. Quemaron mi ropa y me dieron un baño en algo bastante más grande que el barreño donde Madre solía bañarme, ellos lo llamaban baignoire, aunque aquella no era la primera palabra que aprendía en francés, el recuerdo del rostro de Juliette, su sonrisa me ayudó a comprender aquel nuevo idioma. Después vendrían más palabras como mamá y papá y un montón más. Los Dupont me adoptaron, me brindaron su cariño, ellos también fueron mis padres. Eran buena gente, sencilla que me dieron un lugar en el mundo para ser feliz. Mi madre francesa supo abrir mi alma, quitarme de mi bloqueo mental, lloró como una niña la primera vez que la llamé mamá. Ella, que no había tenido hijos, deseaba en lo más profundo de su corazón sentir la maternidad y yo fui ese anhelo convertido en carne. Lilith me enseñó a sentir el amor por las pequeñas cosas, de él, de Maurice, el amor por la verdad. Como Madre y El Pascual, la gente buena siempre quiere lo mismo.

Pasaron los años, el niño se hizo hombre. Me convertí en un abogado ilustre, un gran penalista. El apellido Dupont me abrió muchas puertas. Fui socio de mi padre en el bufete. Me costó mucho pasar de ser el hijo de Maurice Dupont, mi padre fue un grandísimo abogado, a ser el abogado Pascual Dupont, esfuerzo, constancia, el amor por el trabajo, por las pequeñas cosas. Me casé con Olivia, los dos formamos un hogar a nuestra imagen y semejanza. Lleno de pequeñas cosas que completaban nuestro espíritu. Llegaron los hijos, las risas infantiles que llenaban los espacios. Mis hijos me permitieron volver a ser el niño, aquel niño que agarrado a la falda de su madre abandonó una noche la casita blanca, la que muchas noches visitaba en sus sueños.
El pasado volvió. No fue algo traumático ni tan siquiera cruel. Fue como una caricia serena. Caminaba con Olivia por un pasillo del supermercado. La megafonía anunció que se estaba realizando una cata de aceites españoles y Olivia se empeñó en ir a echar un vistazo. Nos detuvimos delante de un mostrador donde una joven con acento español y un francés precario daba a probar distintos aceites españoles sobre pequeños trozos de pan. Aquel sabor en mi boca no era nuevo para mí, formaba parte de mi pasado, estaba anclado a mis raíces más profundas esperando a que algo lo despertara y sucedió.

—Hay muchas variedades de aceituna—hablaba la joven— podemos encontrar la hojiblanca
Carrasqueña, aloreña. —la interrumpí en un precario español, el que había quedado oculto durante años en lo más profundo de mis recuerdos
—¡Es usted español! —Dijo la joven.
—¡Sí, soy español! —Dije como si acabará de despertar de un aletargado y largo sueño.





Algo se encendió en mi cabeza, los recuerdos latentes comenzaron a sacudirme, era como si mi cerebro fuese un gran olivar al que los aceituneros golpean para sacar el fruto. Mis padres franceses nunca negaron que yo fuese adoptado, sabían que era español y poco más. Fui corriendo a casa de mi madre, necesitaba hablar con ella, por desgracia mi padre había muerto hacia unos años y solo ella podía decirme si había algo más que a mí mente se le escapaba. Por primera vez en mi vida sentí la necesidad de saber quién soy. Hablé con Lilith, con mi madre, sonrió cuando le pregunté por el día en que nos vimos por primera vez. Ella abrió un cajón y sacó una carpeta. Dentro había una foto en blanco y negro. Era el retrato de dos jóvenes, el día de su boda. Sonreían ajenos a todo. En el reverso de la foto, casi ya no se podía leer con claridad, su nombre, María y Pascual, una fecha, 1932, y un lugar, Porcuna. Lilith me contó que encontró la foto cosida en el forro de la chaquetilla que yo llevaba y, que antes de quemar mis ropas, la sacó de allí pues comprendió que era importante. Nunca me contó nada sobre la existencia de esa foto, no era intención de Lilith ocultármelo supongo que la alegría de convertirse en madre, primero y, después, el paso del tiempo hizo que la fotografía cayera en el olvido.

Regresé a España, a Jaén, buscando a ese pequeño que se quedó sin padres, al niño que jugaba entre los olivos. Todo y nada ha cambiado, el olivar sigue allí viendo pasar las almas de los hombres y mujeres que se brindan a cuidarlos. La vieja casa de Pascual y Madre ya no está, ni tan siquiera quedan las ruinas. Es como si toda aquella barbarie nunca hubiese sucedido. No hay registros, dicen que el fuego de la guerra acabó con todo. Sobre todo no veo que nadie haya pedido perdón ni que nadie esté dispuesto a perdonar, solo a intentar obviar, que tampoco olvidar. Las heridas siguen abiertas. Aquí nadie sabe quién soy, para ellos solo soy un turista francés que hace demasiadas preguntas aunque se sorprenden del color de mis ojos, de mi piel, sonríen cuando dicen que parezco un lugareño. Hablo con los más viejos del lugar buscando respuestas. Son gente sencilla pero les cuesta abrirse para recordar un pasado tan doloroso para todos.

Ahora que veo esa vieja fotografía me retrotrae a los días en los que miraba el olivar desde los ojos del Pascual, el océano de árboles que se extendían hasta donde se perdía el horizonte, donde el cielo acariciaba con su azul más intenso la tierra. Resuenan en mi cabeza las últimas palabras de Madre aquel “No me olvides nunca” y ahora tengo que hacer mías aquellas lágrimas que brotaron de su rostro cuando su mano, en un acto de amor incondicional, se separó de la mía. ¿Quién atravesó tu corazón, Madre? ¿Quién hizo brotar de tu cuerpo la sangre que regó la tierra? ¿Quién apuntó y apretó el gatillo que acabó con tu vida y, de paso, amputó mis recuerdos y mi infancia? Daría mi vida por sentarme en tus rodillas volviendo a ser el niño que era y verme en el reflejo de tus ojos, con mi mano en la tuya. Siento la necesidad de volver a escuchar tu voz, pero…ni tan siquiera sé el lugar de tu tumba, Madre, mi mamá. El viento cálido del sur me susurra en el oído las palabras que mi mente imagina, me acaricia el alma, hace que las hojas de los olivos hierban furiosas; tal vez, echen de menos a las personas que las trataron con mimo, que sabían escuchar sus plegarias, que alimentaban sus lamentos. No te odio verdugo, los mataste, pero te juro que no te odio; también me mataste a mí, al menos asesinaste al niño, pero, supongo que, sin quererlo, me convertiste en el hombre que soy, el hijo del Pascual; soy el pedazo de Madre, el hombre, el niño que corre por los olivos. El olivar de Pascual.

Ahora que le doy cuerda a mi reloj y que el mal de la melancolía me golpea por cualquier motivo vuelvo a la tierra que alumbró mis primeros días, mis primeros pasos. Pretendo olvidar las oscuras sombras que se ciñeron a mi mente, que desterraron al niño y condenaron al hombre. Hojiblanca, carrasqueña, aloreña, tantas variedades que El Pascual me inculcó eran parte de una educación ancestral, de una clase de amor que pasa de padres a hijos, el amor por la tierra, el amor por los hijos. Aquel pedazo de planeta, con sus árboles centenarios también son víctimas del sinsentido, del odio ensartado en el tuétano, ellos también se quedaron sin su padre, se quedaron sin mí. ¿Quién los cuidó? ¿Quién les cantó las palabras del poeta? Si tan solo el sol puede preñar con sus rayos el fruto de su centenario vientre, quien arrancó con sus manos su vida. Todo fluye y cambia. El fruto preñado se convierte en aceite, se transforma. Y, ¿Qué es la vida? Ahora lo sé, sé que la vida es caminar a ese horizonte, ese que se mezcla con el cielo, con la seguridad de que cuando llegue sabré quien soy y lo más importante lo que soy. La vida es eso, transformación, cambio y, tal vez, perdón. No importa cuántos dragones negros salgan a mi paso, estoy curtido en mil batallas.

Alguien, mañana, Margarita se llama, me dirá el lugar donde descansa Madre y donde está la tumba sin nombre de Padre, solo por eso ha valido la pena regresar al olivar de El Pascual.




miércoles, 4 de octubre de 2017

Medicamentos "milagrosos" a mediados del XIX


Con este post, abro hoy un nuevo apartado o sección de curiosidades históricas, en relación con el ámbito temporal y temático en el que me muevo en este blog. 

Hace unos días repasando la prensa local gaditana de mediados del siglo XIX, me he percatado de la cantidad de información que aportan las últimas páginas. Los periódicos de la época solían tener cuatro páginas diarias, menos los lunes, que solo tenían dos. Pues bien, las dos últimas páginas, o la última en el caso de los lunes, se dedicaban información sobre transportes, noticias religiosas, el tiempo y anuncios en general.

Entre los productos que se anunciaban con asiduidad, estaban ciertos medicamentos, cuyas cualidades los habrían convertido en ocasiones en la panacea universal de ser cierto todo lo que se ponderaba de ellos. 

A continuación, como curiosidad,  incluyo algunos apuntes sobre lo que se afirmaba en estos anuncios de prensa sobre alguno de estos "medicamentos milagrosos".

El Aceite de Hogg, a base de  “de hígados frescos de bacalao”, era indicado para la “tisis, afecciones escrofulosas, tos crónica, reumatismos, flaqueza de los niños y debilidad general". ¿Quién lo hubiera dicho?: al parecer los vendedores del producto tenían ya la solución al problema de la tisis, nada menos. 



Luego estaba el “Verdadero Le Roy”, en líquido y en píldoras,  que curaba las “enfermedades ocasionadas por la alteración de los humores”. Sanaba “con toda seguridad sin producir jamás malas consecuencias”,  y ello con solo tomar el medicamento durante cinco días seguidos.



El producto llamado “Píldoras Dehaut”, era tan novedoso que contenía “principios no conocidos por los médicos antiguos” y cumplía “todas las condiciones del problema del medicamento depurativo”. Los médicos que empleaban este medio, según la publicidad,  no encontraban enfermos que se negaran “a purgarse so pretexto de mal gusto”. 



En 1869 se anunciaban “los verdaderos granos de salud del Doctor Franck”, píldoras que eran “las únicas autorizadas” según el anunciante y eran el “purgativo más eficaz y más saludable”. Por supuesto, cada caja llevaba una firma de un señor extranjero que le daba un sello de calidad y eficacia indiscutible: la de A. Rouviere. La fábrica, mira por dónde querido lector, era también extranjera, estaba ubicada en el “hotel Richelieu vis-à-vis  de la rue d´Antin” . Con tal nombre nadie podía dudar de la calidad y eficacia del producto.   



Para terminar este breve y divertido (espero) recorrido por aquellas medicinas, cuyos efectos beneficiosos (supuéstamente) ya habríamos querido disfrutar hoy en día, citaré  uno que me parece más peregrino aún: el Dentífrico de Dethan, que aportaba belleza, no solo a los dientes, sino también a las encías y labios, todo ello según el anunciante del producto.  Estaba dotado de “un perfume y un sabor esquisitos” y daban un olor agradable al aliento. Los labios adquirían “un color vivo y  hermoso y las encías salían fortalecidas. El producto, más que milagroso, impedía las caries y calmaban “instantáneamente los dolores” cosa que no es de extrañar si agrego que se anunciaba explícitamente que contenía opio.


Además del obligado establecimiento en París, cuya relación nunca faltaba en estos anuncios, el dentífrico se vendía en las farmacias de Jordán y Martínez, en la de Las Columnas y en la perfumería de Cortes y Arturo (C/ Ancha, 18).


martes, 16 de febrero de 2016

Actividad portuaria en Cádiz sobre 1874

Resulta notable la cantidad de información histórica que se puede encontrar consultando las últimas páginas de los periódicos del siglo XIX. En ellas se solían insertar anuncios de ciertos productos comerciales, así como los horarios de salida de trenes y los relativos a los buques en tránsito. Hoy, guiado una vez más por mi curiosidad trato sobre una de estas cuestiones, que están por completo al margen de mis líneas de investigación histórica

Para ello, me he servido de las noticias insertas en las últimas páginas del periódico gaditano El Comercio en 1874, en Relación con el Movimiento de Buques en el Puerto de Cádiz.

Por entonces había dos tipos fundamentales de embarcaciones: Los buques de carga y los vapores. Los orimeros eran habitualmente fragatas o bergantines con propulsión a través de la acción del viento sobre el velamen. Los segundos obtenían su propulsión por medio de de máquinas de vapor.  Ambos aceptaban tanto carga como pasajeros.

FRAGATA





La Aduana de Cádiz



El día 1 de Enero de 1874, se anunciaban las Salidas del Puerto Gaditano de los Siguientes buque de carga para su salida los días inmediatos:

Para La Habana :

Fragata “F. Morales”, de la Empresa Morales Borrero y Cía., Comandada por el capitán don Francisco Álvarez. El consignatario se encontraba en la Calle Baluarte, número 12.

Fragata “María Antonia”, de Federico Rudolph (Conocido cónsul en Cádiz que coloboró para pacificar pacificar la Ciudad cuando la insurrección de "Las Barricadas"  en 1868), con el capitán Blas Alvarado, y consignatario en la calle Baluarte, número 14.

Fragata “Apolo”, de Miguel M. Pinillos e Hijos, mandada por el capitán Pérez Tévar, y consignatario en Alameda Número 24.

Bergantín-Goleta “Joaquina”, de Manuel Cadarso. No se hacía mención al capitán y se indicaba que el consignatario se encontraba en la calle Doblones, número 2.

BERGANTÍN GOLETA

Para Nueva York:

Fragata alemana “Gustav”. No constaban más datos que el lugar donde encontrar información: Calle Aduana, número 10-A, y que iba a salir a la mayor brevedad.

Fragata inglesa “Gipsy”, capitaneada por B. Caemor, que iba a salir de inmediato, pero todavía admitía un resto de carga. Para obtener información se daba la calle Nueva, número 2.

Para Montevideo :

Fragata italiana “Pisco”, mandada por el capitán G.B. Timorci, Que todavía tenia espacio para carga y pasajeros. Su consignatario se encontraba en la calle Gamonales, número 2.

Por lo que sé refiere a los Vapores, el número era mucho mayor, haciendo muchos de ellos servicios para distintos puertos españole:

Para Málaga, Almería, Alicante Valencia, Tarragona y Barcelona se anunciaba “El nuevo y magnífico vapor vapor español" de 1.000 Toneladas "Molin”," que iba a salir de Cádiz el viernes 2 de Enero a las 16:00 horas. Su  capitán era T. Zamdulbide, y su consignatario se encontraba en la calle de Murguía número 33

Para Vigo, Ferrol, Coruña,  Rivadeo y Santander saldria el 3 de enero  a las 16:00 horas el vapor español “Ebro”, capitaneado por don Domingo Nieto. Su consignatario estaba en la calle Cruz de la Madera, número 24.

Para Manila, la “línea española de Olano Larrinaga” y Cía, anunciaba salidas cada cuarenta días, desde Cádiz y Barcelona, ​​de los Vapores “Aurora” y “León”, ambos de 3500 Toneladas y 1.500 caballos de fuerza; También del “Irurae Bat.”, “Emiliano” y “Buenaventura”, los tres de 3000 toneladas y 1000 caballos.  
A las Islas Canarias iba un salir el vapor “África” capitaneado por Cici Carebonell, teniendo su consignatario en la calle Cruz de la Madera, número 24.

Por su parte, la “Sociedad General de Transportes Marítimos" (francesa) un vapor quincenalmente con destino a Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires.  


VAPOR


Para abreviar la elevada relación de vapores que tenían previsto salir en los primeros días de 1874 del puerto de Cádiz, citaré
  • El "Adriano" Salia el 4 de enero para Tarifa, Algeciras y Gibraltar (su denominación me lleva a preguntarme si tal vez se trata en algún aspecto de  un antepasado del  “Adriano II”, conocido popularmente como “El Vaporcito del Puerto”, en servicio de entre Cádiz y El Puerto de Santa María hasta Hace Muy poco).  
  • Hacia Amberes partía el "Sirius". 
  • El “Vinuesa” Málaga salia párrafo, Almería, Valencia, Barcelona, ​​San Feliu, Palma y Marsella.
  • El “Ville de Málaga iba a Málaga y Gibraltar; 
  • El vapor "Guzmán", Hacia el Recorrido Málaga, Almería, Alicante, Valencia, Barcelona, ​​Marsella.
Una impresión muy directa e inmediata que se extrae de esta relación de buques es la elevada actividad del puerto de Cádiz a la entrada del último cuarto del siglo XIX, A pesar de la decadencia constante en que se encontraba desde la perdida del monopolio comercial con América y la apertura al tráfico con dicho continente a todos los puertos españoles. 

La perdida de los territorios americanos había sido un episodio casi definitivo en el declive del puerto gaditano. Pero el puerto de Cádiz aún mantenía su vigor gracias, fundamentalmente, una cola todavía mantenía constantes relaciones marítimas con Cuba y Filipinas y, en menor Medida, Porque se conservaba, en parte, la tradicional salida de buques desde Cádiz hacia los puertos de América. 

Las líneas de cabotaje, por otra parte, sobre todo por la costa mediterránea, mantenían un alto nivel de pasajeros, que todavía preferían una viaje por mar a las dificultades de las diligencias arrastradas por animales de tiro.  

En estas breves líneas, no he tratado de profundizar en estas cuestiones, sino tan solo de presentar algunos datos que pueden resultar interesantes o curiosos, relacionados con la historia de la ciudad de Cádiz y su actividad marítima.


Capitanía DEL PUERTO DE CÁDIZ
(Sobre las dos Columnas. Las imágenes de San Servando y San Germán, que ordenó derribar Fermín Salvochea en 1873 y luego se colocaron en diversos lugares de Cádiz)

lunes, 9 de noviembre de 2015

Los comienzos del ferrocarril en Cádiz



Es bien conocido que la primera locomotora de ferrocarril, fabricada por George Stephenson y movida a vapor, fue usada con éxito para transporte público a partir de 1825 en la línea férrea entre Stockton y Darlington. 

LOCOMOTORA DE STEPHENSON

El interés despertado en España por el nuevo medio de locomoción fue casi inmediato. Tan solo cuatro años después de la primera locomotora a vapor, el 23 de septiembre de 1829, José Díaz Imbretchts obtuvo de Fernando VII una concesión para montar un ferrocarril entre el Jerez de la Frontera y el muelle de El Portal, con la intención de transportar vinos. Muy poco después, se concedió a Manuel Cabero un privilegio real para crear una línea férrea entre Jerez, el Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda. 
Algo más tarde, en 1833,  se obtuvo también autorización para un proyecto de ferrocarril entre Reus y Tarragona.  

Estos proyectos caducaron en 1838 sin que se llevaran a la práctica. Los primeros ferrocarriles que funcionaron en España fueron el de Mataró a Barcelona, inaugurado el 28 de octubre de 1848, el de Madrid a Aranjuez, en 1851, y el de Sama a Gijón en 1855, a los que se añadieron durante el mismo año, las líneas de Barcelona-Molins de Rey, Jerez-Puerto de Santa María y Valencia-Játiva, sumando las líneas férreas de España en 1855 un total de 305 kilómetros. Todas estas realizaciones se vieron precedidas por el ferrocarril de La Habana a Güines, que comenzó a funcionar en 1837.


ESTACIÓN DE FERROCARRIL DE EL PUERTO DE SANTA MARÍA

A partir de ahí, la construcción de líneas de ferrocarril se aceleró de manera notable. Entre 1855 y 1868 se pasó nada menos que a 4803 kilómetros de ferrocarril en España, habiéndose construido en 1859 y 1865, respectivamente, 800 y 929 kilómetros. En 1864 España solo era superada en Europa en kilómetros de ferrocarril por Inglaterra y Francia. Sin embargo, entre 1865 y 1875, la mala situación económica y financiera de España dieron lugar a un fuerte bache en la construcción de nuevas líneas. 

Acercándome al entorno geográfico de mis investigaciones, y sin tener averiguado el momento de su creación, tengo constancia de que en 1868 ya existía una Compañía de Ferrocarril de Sevilla a Jerez y Cádiz. Todo insinúa que la línea férrea de Cádiz a Puerto de Santa María estaba sin finalizar, aunque ya se ha visto que la de Puerto de Santa María a Jerez estaba en servicio desde 1855. Lo anterior lo deduzco del hecho de que la expresada Compañía ferroviaria no anunciaba en 1868 salidas de tren desde Cádiz y, sin  embargo, si lo hacía respecto a un barco de vapor. Con horarios variables, el 17 de septiembre, un día antes del estallido revolucionario en la ciudad, el vapor salía de Cádiz a las 11:15 h. y 14:30 h. El precio de los billetes era de 5 reales para los asientos de popa, 3 reales para los de proa y 2 reales "solo para los trajineros y cosarios, con dos arrobas de carga", como máximo. 

ANUNCIO INSERTO EN EL COMERCIO EL 17 DE SEPTIEMBRE DE 1868

Parece que el vapor sustituía al tren mientras las vías se terminaban de acondicionar, pues el 20 de febrero de 1869  se anunciaba en la prensa local de Cádiz el inicio de un "servicio directo a Madrid", que incluía un tren para la capital de España otro a Sevilla y otros tres hasta el Puerto de Santa María. Poco después, dejó de anunciarse el servicio del barco a vapor con esta última localidad


HORARIOS DE TRENES INSERTO EN EL COMERCIO EL 20 DE FEBRERO DE 1869

Como se puede comprobar en el cuadro de arriba, el tren de Cádiz a Madrid salia a las 5:15 h. y llegaba a las 8:30 h. del día siguiente.  Es decir, tardaba en llegar nada menos que 27 horas y 30 minutos. No obstante, hay que hacer notar que la mejora respecto a cualquier transporte por tracción animal era impresionante. Además, las prestaciones mejoraron pronto.  El 20 de junio del año siguiente, 1870, ya se anunciaba un recorrido Cádiz-Madrid con salida a las 5:40 h. y llegada a las 6:05 h., esto es con una duración algo superior a las 24 horas.  

LA ESTACIÓN DE FERROCARRIL DE CÁDIZ

martes, 3 de noviembre de 2015

Las dificultades de los no católicos para ser enterrados en cementerios hasta 1874

En España, los cementerios venían siendo motivo de fricciones entre alcaldes y párrocos desde mucho antes de la revolución de 1868. Sobre todo, el enterramiento en los cementerios municipales de los no católicos había constituido siempre un problema de difícil solución[1]. 

Sin libertad de cultos, y mientras se mantuvo la Santa Inquisición, los  no católicos no podían tener cementerios propios ni se les permitía que usaran los católicos, por estar estos consagrados. Todo ello llevaba a los familiares de los que no profesaban la religión católicas a situaciones muy complicadas y penosas cuando tenían que enterrar a sus difuntos.

Tal vez fue la colaboración de los ingleses en la guerra de la Independencia lo que llevó a Fernando VII a autorizar, ya en 1831, el uso de cementerios protestantes segregados de los católicos. Con ello legalizaba una situación de hecho que había comenzado en Málaga. 
CEMENTERIO ANGLICANO DE MÁLAGA

Ya he tratado en otro artículo de este blog sobre el el establecimiento en Cádiz, en 1842, de un cementerio para los ingleses, que sirvió para mejorar ostensiblemente las condiciones en que quedaban enterrados los fallecidos anglicanos, que hasta entonces se habían estado enterrando en la playa por debajo del nivel de pleamar. 

PARQUE SITUADO EN LO QUE FUE EL CEMENTERIO
DE LOS INGLESES DE CÁDIZ

Años después de la autorización de Fernando VII, el 29 de abril de 1855 (durante el Bienio Progresista), se ordenó que todos los municipios de España construyesen cementerios para los que muriesen fuera de la comunión católica cuando la necesidad lo exigiera y que sus entierros se realizaran con el mayor decoro. Esta medida habría solventado probablemente el problema si el periodo progresista no hubiese acabado en poco tiempo.

La cuestión no estaba solventada al producirse la Revolución de 1868 ni se resolvió satisfactoriamente durante el Sexenio Democrático (1868-74). Pronto se dictaron medidas para que fuesen las autoridades municipales y provinciales las que tuvieran atribuciones para decidir sobre los cementerios. El artículo 50 de la Ley Municipal de 21 de octubre de 1868 atribuía el carácter de "inmediatamente ejecutivos" a los acuerdos de los Ayuntamientos sobre la administración y conservación de los cementerios, y el 51 estipulaba que las disposiciones municipales relativas a la construcción, traslación, supresión y régimen de los cementerios debían ser aprobados previamente por la correspondiente Diputación Provincial[2]. Pero las autoridades municipales siguieron mostrando, en general, muy poco interés en resolver los problemas de los no católicos a la hora de ser enterrados.  

La preocupación por permitir el enterramiento en los cementerios municipales a todos los ciudadanos independientemente de sus actos en vida o de su religión se puede comprobar en un decreto de Laureano Figuerola, ministro de Hacienda del Gobierno Provisional, firmado el 17 de noviembre de 1868 en el que se recordaban los fuertes conflictos que se habían producido al respecto entre las autoridades civiles y eclesiásticas y se declaraba la necesidad de ajustar las condiciones de los cementerios a los principios que debían servir de base a la nueva era, abierta por la revolución.

En marzo de 1869 los diputados Vicente Romero Girón, Cristino Martos, Pedro Mata, Carlos Godínez de Paz, Eugenio Montero Ríos, José Abascal y Miguel Uzuriaga presentaron en las Cortes Constituyentes una proposición de ley que trataba de declarar a los cementerios como establecimientos puramente civiles y locales. Se proponía que los cementerios fueran siempre dependientes de los Ayuntamientos correspondientes, que no se pusiera obstáculo a los familiares y amigos para que celebrasen a sus expensas los ritos o cultos que tuvieran por conveniente, que los que se construyesen de nueva planta careciesen de iglesia, capilla u otra señal de templo ni culto público o privado[3]. Hubiera significado, en caso de haberse aprobado, una secularización parcial muy beneficiosa para los no católicos.

Por fin, la  Constitución de 1869, con la sanción de la libertad de cultos, parecía que iba a resolver definitivamente el problema. Pero, como se podrá comprobar en un próximo artículo, no fue así. Porque una cosa fue la declaración constitucional sobre la libertad de todos para ejercer públicamente el culto de su religión y otra la voluntad de las autoridades municipales para traducir la ley en hechos.      




El 16 de julio de 1871 Sagasta, en esos momentos ministro de Gobernación, publicó una circular  ordenando que se habilitase un espacio dentro de los cementerios católicos donde enterrar a los que no profesaban dicha religión. La circular se encontró con la firme oposición de la mayor parte de los católicos, empezando por los capellanes de los cementerios, que siguieron reclamando reclamando a los acompañantes del cadáver la autorización del párroco y no aceptaban la entrada sin ese requisito. El fundamento para esta resistencia era que los cementerios católicos eran lugares consagrados y su uso para difuntos de otra religión era considerada una profanación sacrílega.

A pesar de las reticencias de los obispos y de los católicos más conservadores, e incluso de autoridades locales liberales del mismo partido o partidos afines a Sagasta, la circular fue aplicándose, en ocasiones creando espacios, no "dentro" de los cementerios, sino en sus aledaños. Al menos se consiguió que los no católicos tuvieran un lugar concreto donde ser enterrados, aunque el hecho de tener que edificarlos y la poca disposición a hacer gastos al respecto por parte de las autoridades locales, no los convertía en ocasiones en lugares suficientemente. En Cádiz, por ejemplo, hubo un tiempo en que el "nuevo" cementerio para los no católicos no pasó de ser un lugar cercado con estacas en la playa y al lado del cementerio municipal.

En 1873, durante la República, los municipios secularizaron en ocasiones sus cementerios, pero esta medida fue tan poco o menos duradera que la misma nueva y efímera forma de Gobierno    


[1] Sobre las dificultades de los no católicos a la hora de ser enterrados, en torno al Sexenio Democrático, Cf. los capítulos XI y XII de JIMÉNEZ LOZANO, J., Los cementerios civiles y la heterodoxia española, Madrid, Taurus, 1978. (Hay otra edición de Seix Barral de 2008.
[2]  Colección Legislativa de EspañaSegundo Semestre de 1868, tomo C, Madrid, Imprenta del Ministerio de Gracia y Justicia, 1868, pp. 371 y 373.
[3]  Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentestomo I, Madrid, Imprenta de J. A. García, 1870. Apéndice segundo al número 29.

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miércoles, 14 de octubre de 2015

Cádiz y el vigésimo quinto aniversario de Pío IX



Ya se ha tratado sobre la iniciativa escolarizadora y catequética de la Junta de Damas y de la Asociación de Hijas de la Inmaculada Concepción, como antecedentes del Movimiento Católico. Por las fechas en que triunfaba y se asentaba en España la revolución consecuente al levantamiento de septiembre de 1868, La Iglesia católica comenzaba a adaptarse a las nuevas circunstancias y trataba de oponer acciones positivas que contrarrestasen la creciente secularización y sirviesen de propaganda católica. En esa línea, el fomento de la adhesión popular a Pío IX, iniciada a partir de la pérdida de los Estados Vaticanos, y con ella del poder temporal del papa, buscaba movilizar a los católicos como forma de resistencia a las medidas secularizadoras[1]. El vigésimo quinto aniversario de la llegada del papa al pontificado, en un momento de fuerte oposición eclesiástica a la política secularizadora nacional y a la figura del rey don Amadeo dio ocasión a la organización de una manifestación de adhesión popular al sumo pontífice, que buscaba fortalecer el ánimo de los católicos y dar una prueba a los poderes públicos de que había una abrumadora mayoría de católicos dispuestos a demostrar su apoyo incondicional a la Iglesia, por encima de la política secularizadora imperante. La visión de los católicos más intransigentes era que Pío IX había llegado a cumplir los veinticinco años de pontificado a pesar de la persecución inaudita a que le habían sometido los autores de una larga serie de extravíos y errores que estaban pervirtiendo el  orden social, el cual solamente podía restaurarse siguiendo la palabra infalible del sumo pontífice[2].




Los ultramontanos de Cádiz habían estado haciendo desde mayo de 1871 una labor de propaganda sin precedentes para lograr una afluencia masiva a los actos conmemorativos del aniversario de la entronización del papa, que hiciera ver a  los “enemigos del catolicismo” que no contaban con el apoyo de la inmensa mayoría de los gaditanos. El periódico moderado de Cádiz El Comercio, que siempre colaboró con el Obispado en sus objetivos, se volcó en difundir los trabajos de la Asociación de Católicos de Cádiz para organizar el evento. El 18 de mayo publicó un mensaje dirigido al papa por la asociación, en el que los firmantes alababan entre los grandes hechos del pontificado “el espectáculo de un gran concilio Vaticano celebrado a la faz de la impiedad moderna”. El escrito se encontraba en la sede de la asociación para que todo aquel que lo deseara pudiera firmarlo antes de su remisión[3]. La asociación abrió una colecta con el fin de remitir lo recaudado al Consejo Superior de la Juventud Católica, la cual se iba a encargar de enviar a Roma todo lo reunido en España. La cantidad conseguida confirma una adhesión muy amplia en Cádiz. El 20 de mayo, a poco de iniciarse la recogida de dinero, ya se habían conseguido unos ingresos de mil quinientos treinta y un reales. Once días después, el 31 de mayo, la suma que se publicó como definitiva se elevaba a veintidós mil ochocientos reales, que se remitieron el mismo día 31 de mayo a Madrid. Se habían estado recogiendo limosnas en todas las parroquias de Cádiz, en la tesorería de la Asociación de Católicos, en la escuela católica de Nuestra Señora del Rosario y en la redacción de El Comercio[4].


El Cabildo Catedral y el obispo organizaron otra colecta, para los gastos que iban a suponer los actos. La relación de las limosnas de organismos oficiales, asociaciones y ciudadanos, con un total de trescientos setenta y siete ingresos, ascendió a cuarenta y tres mil cuatrocientos treinta reales, con aportaciones que iban desde los cuatro mil reales hasta muchas de un solo real[5]. Además de las aportaciones referidas, hubo otras anónimas (como la realizada por los diecisiete concejales que asistieron a los actos), abonadas en mesas petitorias que se distribuyeron por los alrededores de la catedral, y por suscripciones hechas por algunas personas, conventos e iglesias de la capital. Esta aportación suplementaria produjo un total de nueve mil ochocientos veinte reales con cincuenta céntimos[6].

Si se suman la recaudación de la Asociación de Católicos para enviar a la Santa Sede (veinte mil quinientos cuarenta y ocho reales) y la del Obispado para celebrar los actos en Cádiz  (cuarenta y tres mil cuatrocientos treinta más los nueve mil ochocientos veinte con cincuenta adicionales), el total recaudado en poco más de un mes fue de setenta y tres mil trescientos noventa y ocho reales con cincuenta céntimos, cifra que no tiene precedentes entre las suscripciones populares realizadas en Cádiz durante el Sexenio Democrático[7]. Hay que matizar, no obstante, que había buena cantidad de aportaciones relativamente elevadas, con lo que el número de donantes suponían un porcentaje reducido para el total de habitantes de Cádiz. En los pueblos de la Diócesis también se hicieron colectas para la celebración de la capital, aunque la cantidad recaudada fue mucho menor[8].

El día 20 de junio hubo un repique general de todas las iglesias de Cádiz entre las doce y la una del mediodía y entre las ocho y las nueve de la noche. Muchas casas estaban engalanadas con colgaduras y “empezó a notarse gran animación en el vecindario”. Por la noche se iluminaron  la catedral y las parroquias del Rosario, San Antonio y San Lorenzo, además del Seminario Conciliar y las escuelas católicas de las calles de San Rafael y Bilbao. Igualmente, se iluminaron las sedes del Círculo Moderado, la Asociación de Católicos y el Casino Gaditano.
CASINO GADITANO

Sin embargo, los edificios públicos no se engalanaron ni iluminaron, aunque los conservadores opinaban que “tampoco hacía gran falta para completar el animado cuadro”. La excepción eran las casas consistoriales, que con su ornamentación habían “respetado los sentimientos del pueblo que representan”. Por la noche hubo música frente a la catedral y a la parroquia de San Antonio con gran animación en las calles, no produciéndose ninguna alteración del orden.
AYUNTAMIENTO DE CÁDIZ

 El día 21 los repiques fueron aún más insistentes, pues comenzaron prolongándose durante una hora a partir de las cinco de la mañana, y se repitieron de diez a diez y media de la mañana, de doce a una del mediodía y de siete a ocho de la noche. A las ocho de la mañana se celebraron misas en todas las iglesias de Cádiz, desde la catedral a la más pequeña capilla privada. A las once menos cuarto de la mañana se celebró una nueva misa en la catedral con la presencia del obispo, seguida de un tedeum y la bendición papal. Y a las  cinco menos cuarto de la tarde se celebró una misa cantada en la catedral[9].




CATEDRAL DE CÁDIZ

Una vez terminados los actos, el Obispado publicó la relación de los gastos ocasionados. Los más importantes fueron: tres mil ochocientos reales en el pago a los músicos que habían intervenido en las celebraciones de la catedral, tres mil trescientos ochenta y uno en cera, dos mil setecientos cincuenta y cuatro en  alquiler de lámparas y mil quinientos en la iluminación de la fachada de la catedral. Como sobraba dinero, se emplearon, además cinco mil ciento setenta y seis reales para dos mil hogazas de pan, mil doscientos sesenta para calzado de treinta y seis niñas pobres y dos mil doscientos setenta y cuatro para vestir a veintisiete niños pobres. Después de todos esos gastos todavía sobraban diecisiete mil ciento treinta y cuatro reales, que se distribuyeron entre diversas instituciones católicas[10].

La prensa católica conservadora se encargó de alabar el éxito de la celebración, presentándola como una muestra de que el pueblo seguía marchando al lado de la Iglesia católica. El “fervoroso entusiasmo de Cádiz” era el mismo que brotaba “estos días de las almas de millones y millones de seres humanos”. Y esto se había producido porque se iba a rendir tributo no “a uno de esos guerreros afortunados, a alguno de esos tribunos de las muchedumbres, a alguno de esos caudillos de las revoluciones triunfantes”, sino a alguien “abandonado por todos los poderes humanos, desposeído de su corona de rey, materialmente preso en su palacio”. Pío IX era “el campeón de la fe y la verdad en estos tristes tiempos en que tantas conquistas hacen el escepticismo y el error”; era “la víctima augusta de la impiedad de nuestros días, la piedra inquebrantable a donde han ido a estrellarse todas las tentativas del fariseísmo moderno para arrancar concesiones que alterasen la pureza de la doctrina santa del evangelio”. Los “buenos católicos” debían vestirse de gala y “hacer ostentación pública del júbilo que embriaga todos los corazones, acudiendo a postrarse al pie de los altares para dar gracias a Dios Omnipotente por la protección que concede a nuestro Santísimo Padre”. Cádiz, “la culta y católica Cádiz”, debía ocupar “el puesto distinguido a que le dan derecho los nobles y levantados sentimientos de sus hijos” [11].

La participación popular en el acto religioso previsto en la catedral para las diez y media de la mañana del día 21 de junio fue tan numerosa que se tuvo que autorizar que entrase público en el coro, retrasándose el comienzo hasta las once menos cuarto. Según El Comercio, asistió el Ayuntamiento en pleno (no fue así, pues ya se ha visto que asistieron diecisiete concejales), así como los gobernadores civil y militar. El obispo pronunció un extenso sermón, en el que aprovechó “para presentar en toda su triste realidad las iniquidades de los novadores del día contra el pontificado”. Finalizada la misa, el prelado entonó el tedeum, finalizando la ceremonia sobre las dos y media de la tarde. Por la tarde el obispo, acompañado por el Cabildo Eclesiástico, condujo en procesión al Redentor alrededor del templo, acompañado por centenares de fieles con cirios, concluyéndose el acto a las ocho de la noche. En las parroquias y en las iglesias de los conventos de religiosas tuvieron lugar igualmente cultos consagrados a la festividad. La ciudad estuvo engalanada y “poquísimas casas aparecían sin colgaduras”. Cádiz había puesto, según afirmaban los agentes locales más favorables a los actos, “muy alta su reputación de religiosidad y cultura”[12].

El día 28 el obispo se dirigió a su Diócesis dando las gracias por la adhesión, participación y limosnas recibidas para subvenir los gastos ocasionados por el acontecimiento. Se mostraba impresionado por la demostración de fe de los gaditanos. Había publicado previamente una pastoral para pedirles que diesen “público testimonio de fe, adhesión y respeto al Padre Santo” en la confianza de que no iban a negarle “una cooperación, que por cierto no sería más que la continuación de la constante y afectuosa” que siempre le habían dispensado. Pero nunca se había imaginado que iban a responder con tanto entusiasmo. La piedad de los gaditanos había sido “tan tierna y fervorosa” que el obispo se sentía ligado a sus fieles “con profunda gratitud”. Fray Félix destacaba las aportaciones económicas de los fieles y publicaba en el mismo Boletín Eclesiástico en el que se dirigía a ellos para agradecerles su  respuesta incondicional, la suma que habían aportado con el fin de solemnizar el acontecimiento prodigioso, así como el detalle de la inversión realizada, a los que daba publicidad para que quedase constancia del “cristiano desprendimiento” de los gaditanos. También daba las gracias, además de al Cabildo Catedral y a todos los eclesiásticos de Cádiz, al Ayuntamiento, no solo por su asistencia a los oficios divinos, sino por los “demás obsequios tributados en honor de Su Santidad”. Y finalizaba transmitiendo el telegrama recibido del Cardenal Antonelli, “contestando al de reverente y ardorosa felicitación que por su autorizado conducto se dirigió a Su Santidad el memorable día 21”, y transmitiendo el agradecimiento del papa[13].

Los conservadores gaditanos en materia religiosa se volcaron con el aniversario de Pío IX en lograr una muestra incontestable de los valores tradicionales de la Iglesia. No hay constancia de una sola alteración del orden. El Ayuntamiento de Valverde, seguidor tibio de la revolución, no tuvo inconveniente alguno en participar en los actos. Ya se ha comentado que, aunque no asistieron todos, los que sí lo hicieron contribuyeron con una limosna de novecientos sesenta reales. Los seguidores del Partido Republicano se mostraron totalmente respetuosos con la libertad de los que deseaban manifestar su fervor religioso. El escenario fue muy distinto en Madrid, donde a partir del anochecer se asaltó el edificio de la Juventud Católica, quemándose un retrato de Pío IX, y se produjeron algunas otras alteraciones del orden. En el ámbito nacional, la prensa revolucionaria interpretaba las manifestaciones de fervor por Pío IX como favorecedoras de los intereses del Carlismo e incluso subvencionadas por los reaccionarios. Los católicos conservadores, por el contrario, insistían en que la afirmación católica había sido espontánea  e independiente de cualquier interés de partido.




[1]  Vid., MONTERO GARCÍA, F., y ROBLES, C., “Le mouvement catholique en Espagne dans les années 1870”, en LAMBERTS, E. (Ed.), The Black International, L ´Internationale noire, 1870-1878, Lovaina, Leuven University Press, 2002, pp. 427-463.
[2]  Esa es la idea que expresaban desde el carlismo Ramón Nocedal, Orgaz, Vildósola, Rocha, Vélez Hierro y Somoza en el Congreso el día 16 de junio de 1871, al pedir a la Cámara que se asociase al sentimiento general católico por la celebración del aniversario.
[3]  El Comercio,  núm. 9853 de 18 de mayo de 1871.
[4]  Ibídem, núm. 9866 de 31 de mayo de 1871.
[5]  Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Cádiz, núm. 515, 28 de junio de 1871, pp. 7-16. (El Comercio, en el número de la nota anterior, también  publicó los datos de las limosnas para los actos del aniversario, pero difieren de los de la Diócesis). Las principales limosnas fueron:  4 000 reales de “una señora” con las siglas J. V.,  1 000 reales del obispo, 2 000 del Cabildo Eclesiástico, 360 de los beneficiados de la catedral, 1 000 de Benito Picardo, otros 1 000 de la viuda de Palacios, 1 000 de viuda de Oneto, 1 000 de la viuda de Lasata e hijo; también aportaron 1 000 reales el Excmo. Sr. D. Ángel Urzaiz, Manuel Domecq y Víctor, Excmo. Sr. D. Rafael Sánchez Mendoza, Agustín Blázquez y la Asociación de Católicos de Cádiz. Entre estas pocas personas la donación llegó a los 16 360 reales. Hubo además siete aportaciones de 500 reales, seis de 400, una de 320, dos de 300, una de 240, veintisiete de 200, cuatro de 160, una de 140, y sesenta y una de 100.

[6]  En el mismo Boletín Oficial de la Diócesis de Cádiz de la nota anterior, pp. 16-18: Doña JV.: 400 reales; Parroquia de San Antonio: 599.50; Mesas de la catedral:  4 069; Mesas del sagrario: 80; Monjas de San Fernando: 461; Monjas de la Candelaria: 24; Parroquia del Rosario: 40; Mariana Ferrón: 120; Varios: 9 820.50 reales más.
[7]  La comparación de la recaudación que hizo la Diócesis en torno a la celebración del aniversario del papa, con otras realizadas por partidos o instituciones políticas, da la medida de la adhesión a la Iglesia católica de los gaditanos en estos momentos:
En diciembre de 1869 el  Comité Progresista organizó una colecta para socorrer  a los heridos y familiares de los fallecidos de la insurrección republicana de ese mismo mes. El 31 de diciembre la suscripción, a punto de finalizar, ascendía a 26 177.50 reales. Por su parte el Obispado, que había hecho otra colecta para la misma causa, había recibido 27 534 reales. La Soberanía Nacional, núm. 79, 31 de diciembre de 1868.Pocos meses después del aniversario de Pío IX hubo un naufragio de unos pescadores gaditanos y se abrió una suscripción en la que se recaudaron 20210 reales. El Comercio, núms. 10188 a 10157, 27 de febrero a 17 de marzo de 1872.

El 23 de agosto de 1873 el Comité Central de Socorros para los damnificados en la guerra del Cantón de Cádiz obtuvieron la cifra de 42 105 reales en el plazo de algo menos de un mes. El Comercio, núm. 10672, 24 de agosto de 1873.
[8]  Parroquia de San Fernando, 1 000 reales; parroquia de Conil, 404; parroquia de Jimena, 610; Parroquia de San José (Extramuros de Cádiz) 260; Puerto Real, 200; San Roque 200; Tarifa, 780; Medina Sidonia 768; Presbítero  Manuel Calderón 100; Presbítero José Rey, 23; Varias devotas del culto perpetuo del Sagrado Corazón de Jesús, 161; Alcalá de los Gazules 75. Total 4 482 reales. Boletín Oficial de la Diócesis de Cádiz, núm. 516, 13 de julio de 1871,  p. 7.
[9]  El Comercio, núm. 9886 y 9888,  20 y 22 de junio de 1871.
[10]  Boletín Oficial de la Diócesis de Cádiz, núm. 515, 28 de junio de 1871,  pp. 16-18. La distribución, en reales,  fue la siguiente: Escuela de nuestra señora del Rosario: 3 000; Escuela de las Concepcionistas:    3 000; Asilo del Salvador: 1 634; Asilo del  Buen Pastor: 1000; Casa de impedidas: 500; Viuda e hijos de un ahogado en la bahía el día 21: 1 000; Para los grados designados a estudiantes del Seminario, Facultad de Medicina e Instituto: 7 000.
[11]  El Comercio, núm. 9887, 21 de junio de 1871.

[12]  Ibídem, núm. 9888,  22 de junio de 1871.
[13]  Boletín Oficial de la Diócesis de Cádiz,  núm. 515 de 28 de junio de 1871, pp. 1 y 2. 

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