martes, 24 de noviembre de 2015

Medicamentos "milagrosos" a mediados del XIX


Con este post, abro hoy un nuevo apartado o sección de curiosidades históricas, en relación con el ámbito temporal y temático en el que me muevo en este blog. 

Hace unos días repasando la prensa local gaditana de mediados del siglo XIX, me he percatado de la cantidad de información que aportan las últimas páginas. Los periódicos de la época solían tener cuatro páginas diarias, menos los lunes, que solo tenían dos. Pues bien, las dos últimas páginas, o la última en el caso de los lunes, se dedicaban información sobre transportes, noticias religiosas, el tiempo y anuncios en general.

Entre los productos que se anunciaban con asiduidad, estaban ciertos medicamentos, cuyas cualidades los habrían convertido en ocasiones en la panacea universal de ser cierto todo lo que se ponderaba de ellos. 

A continuación, como curiosidad,  incluyo algunos apuntes sobre lo que se afirmaba en estos anuncios de prensa sobre alguno de estos "medicamentos milagrosos".

El Aceite de Hogg, a base de  “de hígados frescos de bacalao”, era indicado para la “tisis, afecciones escrofulosas, tos crónica, reumatismos, flaqueza de los niños y debilidad general". ¿Quién lo hubiera dicho?: al parecer los vendedores del producto tenían ya la solución al problema de la tisis, nada menos. 



Luego estaba el “Verdadero Le Roy”, en líquido y en píldoras,  que curaba las “enfermedades ocasionadas por la alteración de los humores”. Sanaba “con toda seguridad sin producir jamás malas consecuencias”,  y ello con solo tomar el medicamento durante cinco días seguidos.



El producto llamado “Píldoras Dehaut”, era tan novedoso que contenía “principios no conocidos por los médicos antiguos” y cumplía “todas las condiciones del problema del medicamento depurativo”. Los médicos que empleaban este medio, según la publicidad,  no encontraban enfermos que se negaran “a purgarse so pretexto de mal gusto”. 



En 1869 se anunciaban “los verdaderos granos de salud del Doctor Franck”, píldoras que eran “las únicas autorizadas” según el anunciante y eran el “purgativo más eficaz y más saludable”. Por supuesto, cada caja llevaba una firma de un señor extranjero que le daba un sello de calidad y eficacia indiscutible: la de A. Rouviere. La fábrica, mira por dónde querido lector, era también extranjera, estaba ubicada en el “hotel Richelieu vis-à-vis  de la rue d´Antin” . Con tal nombre nadie podía dudar de la calidad y eficacia del producto.   



Para terminar este breve y divertido (espero) recorrido por aquellas medicinas, cuyos efectos beneficiosos (supuéstamente) ya habríamos querido disfrutar hoy en día, citaré  uno que me parece más peregrino aún: el Dentífrico de Dethan, que aportaba belleza, no solo a los dientes, sino también a las encías y labios, todo ello según el anunciante del producto.  Estaba dotado de “un perfume y un sabor esquisitos” y daban un olor agradable al aliento. Los labios adquirían “un color vivo y  hermoso y las encías salían fortalecidas. El producto, más que milagroso, impedía las caries y calmaban “instantáneamente los dolores” cosa que no es de extrañar si agrego que se anunciaba explícitamente que contenía opio.


Además del obligado establecimiento en París, cuya relación nunca faltaba en estos anuncios, el dentífrico se vendía en las farmacias de Jordán y Martínez, en la de Las Columnas y en la perfumería de Cortes y Arturo (C/ Ancha, 18).


lunes, 9 de noviembre de 2015

Los comienzos del ferrocarril en Cádiz



Es bien conocido que la primera locomotora de ferrocarril, fabricada por George Stephenson y movida a vapor, fue usada con éxito para transporte público a partir de 1825 en la línea férrea entre Stockton y Darlington. 

LOCOMOTORA DE STEPHENSON

El interés despertado en España por el nuevo medio de locomoción fue casi inmediato. Tan solo cuatro años después de la primera locomotora a vapor, el 23 de septiembre de 1829, José Díaz Imbretchts obtuvo de Fernando VII una concesión para montar un ferrocarril entre el Jerez de la Frontera y el muelle de El Portal, con la intención de transportar vinos. Muy poco después, se concedió a Manuel Cabero un privilegio real para crear una línea férrea entre Jerez, el Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda. 
Algo más tarde, en 1833,  se obtuvo también autorización para un proyecto de ferrocarril entre Reus y Tarragona.  

Estos proyectos caducaron en 1838 sin que se llevaran a la práctica. Los primeros ferrocarriles que funcionaron en España fueron el de Mataró a Barcelona, inaugurado el 28 de octubre de 1848, el de Madrid a Aranjuez, en 1851, y el de Sama a Gijón en 1855, a los que se añadieron durante el mismo año, las líneas de Barcelona-Molins de Rey, Jerez-Puerto de Santa María y Valencia-Játiva, sumando las líneas férreas de España en 1855 un total de 305 kilómetros. Todas estas realizaciones se vieron precedidas por el ferrocarril de La Habana a Güines, que comenzó a funcionar en 1837.


ESTACIÓN DE FERROCARRIL DE EL PUERTO DE SANTA MARÍA

A partir de ahí, la construcción de líneas de ferrocarril se aceleró de manera notable. Entre 1855 y 1868 se pasó nada menos que a 4803 kilómetros de ferrocarril en España, habiéndose construido en 1859 y 1865, respectivamente, 800 y 929 kilómetros. En 1864 España solo era superada en Europa en kilómetros de ferrocarril por Inglaterra y Francia. Sin embargo, entre 1865 y 1875, la mala situación económica y financiera de España dieron lugar a un fuerte bache en la construcción de nuevas líneas. 

Acercándome al entorno geográfico de mis investigaciones, y sin tener averiguado el momento de su creación, tengo constancia de que en 1868 ya existía una Compañía de Ferrocarril de Sevilla a Jerez y Cádiz. Todo insinúa que la línea férrea de Cádiz a Puerto de Santa María estaba sin finalizar, aunque ya se ha visto que la de Puerto de Santa María a Jerez estaba en servicio desde 1855. Lo anterior lo deduzco del hecho de que la expresada Compañía ferroviaria no anunciaba en 1868 salidas de tren desde Cádiz y, sin  embargo, si lo hacía respecto a un barco de vapor. Con horarios variables, el 17 de septiembre, un día antes del estallido revolucionario en la ciudad, el vapor salía de Cádiz a las 11:15 h. y 14:30 h. El precio de los billetes era de 5 reales para los asientos de popa, 3 reales para los de proa y 2 reales "solo para los trajineros y cosarios, con dos arrobas de carga", como máximo. 

ANUNCIO INSERTO EN EL COMERCIO EL 17 DE SEPTIEMBRE DE 1868

Parece que el vapor sustituía al tren mientras las vías se terminaban de acondicionar, pues el 20 de febrero de 1869  se anunciaba en la prensa local de Cádiz el inicio de un "servicio directo a Madrid", que incluía un tren para la capital de España otro a Sevilla y otros tres hasta el Puerto de Santa María. Poco después, dejó de anunciarse el servicio del barco a vapor con esta última localidad


HORARIOS DE TRENES INSERTO EN EL COMERCIO EL 20 DE FEBRERO DE 1869

Como se puede comprobar en el cuadro de arriba, el tren de Cádiz a Madrid salia a las 5:15 h. y llegaba a las 8:30 h. del día siguiente.  Es decir, tardaba en llegar nada menos que 27 horas y 30 minutos. No obstante, hay que hacer notar que la mejora respecto a cualquier transporte por tracción animal era impresionante. Además, las prestaciones mejoraron pronto.  El 20 de junio del año siguiente, 1870, ya se anunciaba un recorrido Cádiz-Madrid con salida a las 5:40 h. y llegada a las 6:05 h., esto es con una duración algo superior a las 24 horas.  

LA ESTACIÓN DE FERROCARRIL DE CÁDIZ

martes, 3 de noviembre de 2015

Las dificultades de los no católicos para ser enterrados en cementerios hasta 1874

En España, los cementerios venían siendo motivo de fricciones entre alcaldes y párrocos desde mucho antes de la revolución de 1868. Sobre todo, el enterramiento en los cementerios municipales de los no católicos había constituido siempre un problema de difícil solución[1]. 

Sin libertad de cultos, y mientras se mantuvo la Santa Inquisición, los  no católicos no podían tener cementerios propios ni se les permitía que usaran los católicos, por estar estos consagrados. Todo ello llevaba a los familiares de los que no profesaban la religión católicas a situaciones muy complicadas y penosas cuando tenían que enterrar a sus difuntos.

Tal vez fue la colaboración de los ingleses en la guerra de la Independencia lo que llevó a Fernando VII a autorizar, ya en 1831, el uso de cementerios protestantes segregados de los católicos. Con ello legalizaba una situación de hecho que había comenzado en Málaga. 
CEMENTERIO ANGLICANO DE MÁLAGA

Ya he tratado en otro artículo de este blog sobre el el establecimiento en Cádiz, en 1842, de un cementerio para los ingleses, que sirvió para mejorar ostensiblemente las condiciones en que quedaban enterrados los fallecidos anglicanos, que hasta entonces se habían estado enterrando en la playa por debajo del nivel de pleamar. 

PARQUE SITUADO EN LO QUE FUE EL CEMENTERIO
DE LOS INGLESES DE CÁDIZ

Años después de la autorización de Fernando VII, el 29 de abril de 1855 (durante el Bienio Progresista), se ordenó que todos los municipios de España construyesen cementerios para los que muriesen fuera de la comunión católica cuando la necesidad lo exigiera y que sus entierros se realizaran con el mayor decoro. Esta medida habría solventado probablemente el problema si el periodo progresista no hubiese acabado en poco tiempo.

La cuestión no estaba solventada al producirse la Revolución de 1868 ni se resolvió satisfactoriamente durante el Sexenio Democrático (1868-74). Pronto se dictaron medidas para que fuesen las autoridades municipales y provinciales las que tuvieran atribuciones para decidir sobre los cementerios. El artículo 50 de la Ley Municipal de 21 de octubre de 1868 atribuía el carácter de "inmediatamente ejecutivos" a los acuerdos de los Ayuntamientos sobre la administración y conservación de los cementerios, y el 51 estipulaba que las disposiciones municipales relativas a la construcción, traslación, supresión y régimen de los cementerios debían ser aprobados previamente por la correspondiente Diputación Provincial[2]. Pero las autoridades municipales siguieron mostrando, en general, muy poco interés en resolver los problemas de los no católicos a la hora de ser enterrados.  

La preocupación por permitir el enterramiento en los cementerios municipales a todos los ciudadanos independientemente de sus actos en vida o de su religión se puede comprobar en un decreto de Laureano Figuerola, ministro de Hacienda del Gobierno Provisional, firmado el 17 de noviembre de 1868 en el que se recordaban los fuertes conflictos que se habían producido al respecto entre las autoridades civiles y eclesiásticas y se declaraba la necesidad de ajustar las condiciones de los cementerios a los principios que debían servir de base a la nueva era, abierta por la revolución.

En marzo de 1869 los diputados Vicente Romero Girón, Cristino Martos, Pedro Mata, Carlos Godínez de Paz, Eugenio Montero Ríos, José Abascal y Miguel Uzuriaga presentaron en las Cortes Constituyentes una proposición de ley que trataba de declarar a los cementerios como establecimientos puramente civiles y locales. Se proponía que los cementerios fueran siempre dependientes de los Ayuntamientos correspondientes, que no se pusiera obstáculo a los familiares y amigos para que celebrasen a sus expensas los ritos o cultos que tuvieran por conveniente, que los que se construyesen de nueva planta careciesen de iglesia, capilla u otra señal de templo ni culto público o privado[3]. Hubiera significado, en caso de haberse aprobado, una secularización parcial muy beneficiosa para los no católicos.

Por fin, la  Constitución de 1869, con la sanción de la libertad de cultos, parecía que iba a resolver definitivamente el problema. Pero, como se podrá comprobar en un próximo artículo, no fue así. Porque una cosa fue la declaración constitucional sobre la libertad de todos para ejercer públicamente el culto de su religión y otra la voluntad de las autoridades municipales para traducir la ley en hechos.      




El 16 de julio de 1871 Sagasta, en esos momentos ministro de Gobernación, publicó una circular  ordenando que se habilitase un espacio dentro de los cementerios católicos donde enterrar a los que no profesaban dicha religión. La circular se encontró con la firme oposición de la mayor parte de los católicos, empezando por los capellanes de los cementerios, que siguieron reclamando reclamando a los acompañantes del cadáver la autorización del párroco y no aceptaban la entrada sin ese requisito. El fundamento para esta resistencia era que los cementerios católicos eran lugares consagrados y su uso para difuntos de otra religión era considerada una profanación sacrílega.

A pesar de las reticencias de los obispos y de los católicos más conservadores, e incluso de autoridades locales liberales del mismo partido o partidos afines a Sagasta, la circular fue aplicándose, en ocasiones creando espacios, no "dentro" de los cementerios, sino en sus aledaños. Al menos se consiguió que los no católicos tuvieran un lugar concreto donde ser enterrados, aunque el hecho de tener que edificarlos y la poca disposición a hacer gastos al respecto por parte de las autoridades locales, no los convertía en ocasiones en lugares suficientemente. En Cádiz, por ejemplo, hubo un tiempo en que el "nuevo" cementerio para los no católicos no pasó de ser un lugar cercado con estacas en la playa y al lado del cementerio municipal.

En 1873, durante la República, los municipios secularizaron en ocasiones sus cementerios, pero esta medida fue tan poco o menos duradera que la misma nueva y efímera forma de Gobierno    


[1] Sobre las dificultades de los no católicos a la hora de ser enterrados, en torno al Sexenio Democrático, Cf. los capítulos XI y XII de JIMÉNEZ LOZANO, J., Los cementerios civiles y la heterodoxia española, Madrid, Taurus, 1978. (Hay otra edición de Seix Barral de 2008.
[2]  Colección Legislativa de EspañaSegundo Semestre de 1868, tomo C, Madrid, Imprenta del Ministerio de Gracia y Justicia, 1868, pp. 371 y 373.
[3]  Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentestomo I, Madrid, Imprenta de J. A. García, 1870. Apéndice segundo al número 29.

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